Consecuencias
La mañana siguiente comenzó exactamente igual. Morales abrió los ojos antes de que sonara el despertador. Durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando el techo de su apartamento. Las mismas manchas de humedad seguían allí, extendiéndose como mapas irregulares sobre la pintura blanca. Había algo extraño en ese momento, aunque no sabría decir qué. No era una sensación clara. Era más bien una incomodidad leve, como cuando uno intenta recordar un nombre que debería conocer pero que se resiste a aparecer. Parpadeó. Aquí estoy. La frase apareció en su mente con la naturalidad de siempre. Se incorporó lentamente y dejó los pies en el suelo frío. Durante un instante tuvo la sensación de que ese movimiento ya lo había hecho hacía apenas unos segundos. Sacudió la cabeza. Caminó hacia la cocina. La cafetera estaba en su sitio. La llenó con agua, encendió el fuego y abrió la ventana mientras esperaba. La ciudad estaba despertando. Un autobús dobló la esquina. Un hombre paseaba a un perro pequeño. Un repartidor descargaba cajas frente a la tienda de la esquina. Todo parecía normal. Demasiado normal. Morales bebió el primer sorbo de café. Entonces se quedó quieto. No sabía por qué, pero estaba absolutamente seguro de que ese sorbo no era el primero que tomaba esa mañana. La idea apareció con claridad repentina. Como si una parte de su mente hubiera hablado sin permiso. Miró la taza. La taza estaba llena. El café aún estaba caliente. Frunció el ceño. —Estás cansado —murmuró. Terminó el desayuno en silencio. Se afeitó. Se vistió. Se colocó la corbata, que volvió a quedar ligeramente torcida. Todo exactamente igual que cada día. Pero cuando salió del apartamento ocurrió algo que lo hizo detenerse. En el tercer escalón de la escalera había una pequeña grieta en el cemento. Morales se detuvo frente a ella. La grieta tenía la forma de un rayo irregular. La había visto antes. No en otro momento cualquiera. La había visto esa misma mañana. Con la misma luz. Desde el mismo ángulo. Se quedó observándola unos segundos. —Qué tontería —dijo en voz baja. Continuó bajando. La calle estaba más animada ahora. Coches. Gente caminando deprisa. Una mujer discutiendo por teléfono. Todo parecía exactamente igual que el día anterior. Pero eso tampoco era extraño. Las ciudades suelen repetir sus rutinas con bastante precisión. Morales caminó hacia la oficina. Quince minutos. El trayecto habitual. La panadería de la esquina. El semáforo largo frente al banco. El kiosco de periódicos. El cartel pequeño en la puerta del edificio: Investigaciones Morales Abrió la puerta. El silencio lo recibió como siempre. Tres mesas. Una ventana. El archivador metálico. Todo en su sitio. Se sentó. Miró el reloj. 11:12. Frunció ligeramente el ceño. Había llegado más temprano de lo habitual. No recordaba haber caminado tan deprisa. Sacó una carpeta del archivador. La abrió. Fotografías. Un informe incompleto. El mismo caso aburrido de la semana anterior. Lo dejó sobre la mesa. Durante varios minutos no ocurrió nada. El reloj avanzó lentamente. 11:13. 11:14. 11:15. Morales empezó a leer el informe. Entonces ocurrió algo extraño. La puerta se abrió. Morales levantó la mirada. Una mujer entró en la oficina. Extravagante. Segura. Con una expresión que parecía demasiado familiar. Morales sintió un ligero escalofrío. No sabía por qué, pero tuvo la certeza absoluta de que sabía exactamente lo que iba a ocurrir a continuación. La mujer caminó hasta su escritorio. Sonrió. Y dijo: —Así que tú eres Morales. El bolígrafo cayó de su mano. El sonido golpeó el escritorio. Clara. Morales se levantó lentamente. La observó con atención. —Nos conocemos —dijo. No era una pregunta. Clara levantó una ceja. —No lo creo. Morales negó con la cabeza. —Sí. Algo en su mente estaba empezando a encajar. Pequeñas piezas. Sensaciones repetidas. Momentos que parecían duplicarse. —Esto ya ha pasado —dijo. Clara lo observó en silencio. Su sonrisa desapareció lentamente. Por primera vez parecía realmente interesada. —¿Qué quieres decir? Morales apoyó las manos sobre la mesa. —Esta conversación. Tu entrada. Lo que dijiste. Todo. Clara lo miró unos segundos más. Luego dijo algo muy extraño. —Eso es interesante. —¿Qué cosa? Clara inclinó ligeramente la cabeza. —Normalmente tardas más en darte cuenta. El silencio cayó sobre la oficina. Morales sintió un peso frío en el estómago. —¿Normalmente? Clara se dio cuenta demasiado tarde de que había dicho algo que no debía. Pero no pareció preocupada. Simplemente se sentó frente a él. —Morales —dijo suavemente—. —Sí. —¿Alguna vez has tenido la sensación de que un día puede durar demasiado? —Todos los días duran demasiado. —No me refiero a eso. Clara lo miró con una atención muy distinta ahora. Como si estuviera evaluando algo. —Quiero decir… demasiado de verdad. Morales no respondió. La oficina parecía aún más silenciosa que antes. Incluso el sonido de la calle parecía haberse alejado. —Dime una cosa —continuó Clara—. —¿Qué? —¿Recuerdas anoche? La pregunta lo golpeó de forma inesperada. Morales abrió la boca para responder. Pero algo ocurrió. Su mente intentó recordar. La lluvia. Un bar. Una calle oscura. Un callejón. La imagen apareció durante una fracción de segundo. Luego desapareció. Como si alguien hubiera apagado una luz. Morales frunció el ceño. —No —dijo finalmente. Clara lo observó en silencio. —Eso pensaba. Morales sintió un escalofrío que no supo explicar. —¿Qué pasó anoche? Clara no respondió inmediatamente. Se levantó. Caminó lentamente hacia la ventana. Miró la calle. Durante unos segundos pareció escuchar algo que él no podía oír. Luego habló. —Morales… —Sí. Clara no se giró. —¿Te has fijado en que nunca hay demasiada gente en esta calle? Morales miró hacia fuera. Había peatones. Coches. Movimiento. Pero algo en la escena era extraño. Todo parecía… limitado. Como si la ciudad terminara unas pocas calles más allá. Clara suspiró. —A veces me pregunto cuánto tiempo tardarás en verlo. Morales se puso de pie. —¿Ver qué? Clara giró la cabeza lentamente. Y sonrió otra vez. Pero ahora su sonrisa tenía algo diferente. Algo más triste. —Todavía no. Luego añadió: —Aún no estamos en ese capítulo. Morales sintió que algo en el aire cambiaba. Como si una puerta invisible acabara de abrirse en algún lugar de su mente. Pero antes de que pudiera decir nada, Clara ya estaba caminando hacia la puerta. Se detuvo antes de salir. —Nos veremos otra vez —dijo. —¿Cuándo? Clara lo miró por encima del hombro. —Pronto. La puerta se cerró. Morales se quedó solo en la oficina. El reloj marcaba: 11:17. Morales se quedó mirándolo. La aguja de los segundos avanzó. 11:18. Respiró hondo. Y por primera vez desde que abrió los ojos aquella mañana pensó algo que lo inquietó profundamente. Tal vez… Tal vez hoy no sea un día nuevo. Tal vez… sea el mismo. Otra vez.