El callejón
Morales esperó todavía unos minutos antes de salir de la oficina. No porque tuviera dudas sobre adónde iba, sino porque una parte de él confiaba en que, si permanecía quieto el tiempo suficiente, la sensación desaparecería sola. Como desaparecen algunas ideas absurdas cuando uno les niega atención. Pero no desapareció. El callejón seguía allí. No lo veía desde su escritorio, pero lo sentía igual que se siente un dolor leve en una muela: no constante, no agudo, pero imposible de ignorar por completo. Cerró la carpeta que seguía abierta sobre la mesa. Apagó la lámpara. Cogió el abrigo. Antes de salir, miró el reloj una vez más. 11:31. Le pareció una hora imprecisa. No por la cifra en sí, sino porque tenía la impresión de que llevaba toda la mañana acercándose al mismo minuto sin llegar nunca del todo a él. Bajó las escaleras con paso lento. En el tercer escalón volvió a mirar la grieta con forma de rayo. Seguía allí. Eso le produjo un alivio extraño. La grieta, al menos, obedecía a una lógica. No cambiaba. No desaparecía. No se repetía con intención. Era solo una grieta. Abrió la puerta del edificio y salió a la calle. El aire estaba más frío que por la mañana. O quizá era él quien lo notaba más. La ciudad continuaba con su movimiento habitual: coches, pasos, conversaciones a medias, motores al ralentí, un perro ladrando desde un balcón cercano. Todo seguía teniendo el aspecto correcto. La normalidad correcta. Sin embargo, ahora Morales empezaba a percibir en esa normalidad algo parecido a un decorado. Como si la ciudad no fuera falsa, exactamente, pero sí incompleta. Una representación suficiente para convencer a quien no mirara demasiado. Cruzó la calle. El semáforo cambió a verde en el mismo instante en que puso un pie en la calzada. Le pareció otra coincidencia excesiva. Siguió caminando hacia el fondo de la manzana, donde el callejón se abría entre un edificio de oficinas antiguas y la parte trasera de un restaurante. De cerca parecía más estrecho de lo que había imaginado. La entrada estaba en sombra, aunque el día aún no había perdido luz. Se detuvo frente a él. Durante unos segundos no avanzó. Sintió una presión en el pecho. No era miedo, al menos no del todo. Era reconocimiento. Un reconocimiento sin recuerdo claro, como cuando uno oye una melodía y sabe que la conoce, pero no consigue decir de dónde. Miró el suelo. Cemento húmedo en algunas zonas. Papel arrastrado hasta un rincón. Una colilla aplastada. Nada extraordinario. Dio el primer paso. El sonido de su zapato cambió al entrar. La calle quedó detrás como si alguien hubiera cerrado una puerta invisible. Los motores seguían oyéndose, pero amortiguados. Lejanos. Inofensivos. El callejón olía a agua vieja, hierro y basura reciente. Siguió avanzando. A la derecha había una tubería oxidada bajando por la pared. A la izquierda, dos contenedores metálicos con la pintura desconchada. Al fondo, una luz amarillenta colgaba sobre una puerta de servicio. Morales se quedó quieto. El lugar era corriente. Precisamente por eso resultaba insoportable. Lo conocía. No había duda ya. Lo conocía con una intimidad que no podía justificar. Sabía, por ejemplo, que el suelo descendía apenas un poco hacia la mitad del callejón, suficiente para que el agua se acumulara cuando llovía. Sabía que la puerta del fondo cerraba mal. Sabía que a la izquierda, detrás del segundo contenedor, había una mancha oscura en la pared con forma de mano abierta. Levantó la vista. La mancha estaba allí. Morales dejó escapar el aire lentamente. —¿Cuándo he estado aquí? La pregunta se perdió en el callejón sin respuesta. Se acercó a la pared. La mancha parecía antigua, seca, casi confundida con la suciedad del ladrillo. Pasó los dedos a unos centímetros, sin tocarla. Sintió un rechazo irracional, como si acercarse demasiado pudiera completar algo que todavía era mejor mantener incompleto. Siguió avanzando hacia el fondo. Cada paso despertaba una incomodidad más precisa. Aquí. Aquí alguien se detuvo. Aquí se volvió. Aquí esperó. No eran pensamientos razonados, sino impresiones instantáneas, como si el lugar no solo le resultara familiar, sino que le estuviera devolviendo gestos ya realizados. Llegó hasta la puerta del fondo. Era metálica, gris, con la pintura levantada en la parte inferior. Puso la mano en el pomo. En el momento en que lo tocó, un destello le cruzó la mente. Lluvia. Mucha más lluvia que la que había visto en ningún momento de ese día. Una luz temblando sobre esa misma puerta. Respiración acelerada. Un hombre delante de él. Morales soltó el pomo bruscamente. Dio un paso atrás. La imagen desapareció de inmediato, pero dejó una sensación física muy concreta: un golpe seco bajo las costillas, una ausencia repentina de aire, un peso cayendo hacia dentro. Se dobló apenas, apoyando una mano en la rodilla. —No... No sabía qué negaba. Cerró los ojos unos segundos. Cuando volvió a abrirlos, estaba solo, de pie en un callejón vacío, en mitad del día. Y, sin embargo, no se sentía solo. Alguien había estado allí. No ahora. Antes. Esperándolo. Morales se obligó a mirar el suelo con atención. Primero no vio nada. Luego lo encontró. Cerca de la pared, a pocos pasos de la puerta, había algo pequeño atrapado entre dos grietas del cemento. Se agachó y lo recogió con las yemas de los dedos. Un botón. Oscuro. De abrigo o de chaqueta. Lo observó unos segundos. Le resultó tan familiar como el resto del lugar, pero esta vez el reconocimiento fue más directo. Metió la mano en su propio abrigo y palpó la fila de botones. Faltaba uno. Morales se quedó completamente quieto. Miró el botón de nuevo. Luego su abrigo. Luego otra vez el botón. Podía haber una explicación sencilla. Los botones se caen. La gente pasa por los callejones. La coincidencia existe. Pero el botón no estaba oxidado, ni viejo, ni lleno de polvo. Era reciente. Y era suyo. Sintió un frío limpio, casi clínico, recorriéndole la espalda. —Eso no puede ser. Guardó el botón en el bolsillo interior del abrigo. Entonces oyó pasos. No venían de la calle. Venían del otro extremo del callejón, detrás de él. Morales se volvió. Clara estaba en la entrada, quieta, observándolo. No parecía alterada por haberlo encontrado allí. Tampoco sorprendida. Más bien tenía el aspecto de quien llega a una cita prevista. Llevaba el mismo abrigo, el mismo bolso, la misma expresión difícil de clasificar entre la compasión y la impaciencia. —No deberías estar aquí solo —dijo. Morales la miró con dureza. —Eso depende de si este lugar existe de verdad. Clara no sonrió. —Existe lo suficiente. La respuesta le irritó de inmediato. —No vuelvas a hablarme así. —¿Así cómo? —Como si supieras algo que yo no sé. Clara avanzó un par de pasos dentro del callejón. La luz de la calle quedó detrás de ella, dibujándole el contorno de los hombros. —Sé algo que tú no quieres saber. No es lo mismo. Morales se enderezó por completo. —He encontrado esto. Sacó el botón del bolsillo y se lo mostró. Clara lo miró apenas. No pareció sorprendida. —Claro. —¿"Claro" qué? —Que iba a aparecer. Morales apretó el botón entre los dedos. —¿Qué demonios significa eso? Clara desvió la mirada hacia la puerta del fondo. —Significa que estás empezando a recordarlo con objetos, no solo con sensaciones. Es un avance. Morales dio un paso hacia ella. —Deja de hablar como si esto fuera un proceso normal. —Para ti, no lo es. —¿Y para quién sí? Clara tardó un instante más de lo normal en responder. —Para alguien que lleva demasiado tiempo girando alrededor del mismo sitio. El silencio que siguió fue tenso. No por volumen, sino por densidad. Parecía ocupar espacio entre los dos. Morales la observó con atención. Cada vez estaba más seguro de que Clara no improvisaba una sola palabra. Lo inquietante no era su tono, ni su forma de aparecer, ni siquiera las frases ambiguas. Lo inquietante era que nunca daba la impresión de buscar una reacción. Como si ya la conociera. —Anoche estuve aquí —dijo él al fin. No era exactamente una pregunta. Clara bajó la vista un segundo. —Sí. La confirmación le cayó encima con un peso inesperado. —¿Con quién? —Eso todavía no. —No me digas "todavía". Dímelo. Clara negó con la cabeza. —No funcionaría. —¿Qué no funcionaría? —Que yo te lo dijera. Morales soltó una risa breve, sin humor. —Perfecto. Muy claro todo. Clara levantó la vista y lo miró de frente. —Si te lo doy hecho, lo rechazarás. Siempre lo rechazas. Morales sintió un pinchazo de irritación. —No sabes nada de mí. Esta vez Clara sí sonrió, pero fue una sonrisa breve y triste. —Eso es exactamente el problema. El comentario lo dejó sin respuesta durante un segundo. Morales miró alrededor. El callejón parecía más estrecho ahora. O quizá era la conversación lo que lo comprimía todo. Volvió a la puerta metálica. No la tocó, pero la señaló. —¿Qué hay detrás? —Una cocina de servicio. —¿Y? —Y nada. —Entonces ¿por qué importa tanto? Clara tardó en responder. —Porque estabas mirando hacia esa puerta cuando ocurrió. Morales no se movió. Notó que algo en su cuerpo había dejado de reaccionar con normalidad. Como si las palabras le llegaran primero al pecho y solo después a la cabeza. —¿Ocurrió qué? Clara no contestó. En lugar de eso, desvió la mirada hacia el suelo, a un punto situado a escasos centímetros de donde él estaba. Morales siguió la dirección. En el cemento había una marca alargada, apenas visible, como si algo pesado hubiera sido arrastrado muy poco trecho y luego retirado. No la había visto al entrar. O quizá la había visto y su mente la había ignorado. Se agachó despacio. Pasó los dedos por encima sin tocar del todo. Otra vez el destello. La lluvia golpeando el suelo. Su propia respiración convertida en ruido. Un zapato resbalando. La sensación de caer de lado. Un rostro frente a él, borroso, imposible de fijar. Y, por encima de todo, una idea absurda y nítida: no puede estar pasando ya. Morales cerró la mano vacía. —Vi a alguien. Clara lo observó sin interrumpir. —Pero no le vi la cara. —No todavía —dijo ella. —Otra vez "todavía". —Porque sigues dentro. Morales se levantó de golpe. —¿Dentro de qué? Clara dio otro paso hacia él. No había amenaza en el gesto. Solo determinación. —Morales, escucha bien. Hay cosas que no vas a poder entender si insistes en tratarlas como si fueran un caso. No todo se resuelve interrogando, comparando notas y siguiendo huellas. Algunas cosas solo aparecen cuando dejas de forzarlas. —Eso es una estupidez. —No, es exactamente tu problema. La frase quedó flotando entre los dos con una violencia callada. Morales abrió la boca para responder, pero un sonido lo interrumpió. Venía de la calle. Un claxon breve. Luego otro. Y, de pronto, silencio. No silencio relativo. Silencio absoluto. Morales giró la cabeza hacia la entrada del callejón. La ciudad seguía ahí, visible al fondo. Un coche detenido junto al bordillo. Un ciclista inclinado ligeramente hacia un lado. Una mujer con el brazo medio levantado, como si estuviera llamando a alguien. Pero nada se movía. Nada. Ni una manga. Ni una rueda. Ni una hoja arrastrada por el aire. El mundo entero parecía haberse detenido a mitad de gesto. Morales sintió que la sangre le bajaba hasta el estómago. —¿Qué es esto? Clara no miró hacia fuera. Lo miró a él. —Es lo que pasa cuando te acercas demasiado. —¿Demasiado a qué? —Al punto que estás evitando. Morales avanzó un paso hacia la salida. Necesitaba comprobar si aquello era real, si la gente estaba inmóvil de verdad o si era otro de esos huecos extraños que empezaban a perforarle el día. Pero antes de llegar al final del callejón, el ruido regresó. Un motor. Una voz. Un frenazo leve. La mujer bajó el brazo. El ciclista siguió pedaleando. El coche arrancó. Todo volvió a moverse con una naturalidad ofensiva. Morales se quedó quieto, de espaldas a Clara. Tardó varios segundos en darse la vuelta. Cuando lo hizo, ella seguía allí, exactamente en el mismo sitio. —¿Lo has visto? —preguntó. —Sí. —Bien. —¿Bien? —Sí. Es mejor que lo veas tú. Morales la miró como si la estuviera viendo por primera vez. Y, quizá, en cierto modo, era así. Había pensado en Clara como una intrusa, una clienta extraña, una mujer con demasiadas frases enigmáticas. Pero ya no. Ahora empezaba a parecerle otra cosa. Algo más incómodo. Una guía. O una testigo. O peor: alguien que había estado presente antes de que él supiera que necesitaba recordarlo. —¿Quién eres? —preguntó, esta vez sin agresividad. Clara no respondió enseguida. Miró la salida del callejón. Luego la puerta del fondo. Luego el botón que él ya había guardado. —Soy alguien que volvió porque tú no podías salir solo. Morales sintió el impulso de exigir una explicación clara, definitiva, racional. Pero por primera vez comprendió que no la obtendría así. No en ese lugar. No en ese punto del día. Clara dio medio paso atrás. —Por hoy ya basta. —No decidas eso por mí. —No lo decido. Lo sé. —No sabes nada. Clara negó con mucha suavidad. —Sé que dentro de poco empezarás a recordar la lluvia. Luego la caída. Después vendrá la parte que más rechazas. Morales apretó la mandíbula. —¿Cuál es esa? Clara sostuvo su mirada unos segundos. —Que después no vino nada. La frase entró despacio. Demasiado despacio. Morales no comprendió del todo su sentido, pero sí su peso. Clara se dio la vuelta y echó a andar hacia la calle. No la detuvo. Antes de salir del callejón, ella se paró un instante sin mirarlo. —Mañana volverás a pensar que esto puede arreglarse entendiendo mejor el caso. Morales no dijo nada. —Y volverás a equivocarte. Salió. Morales quedó solo otra vez. El callejón parecía ahora más frío. Miró la puerta metálica. Miró la marca en el suelo. Metió la mano en el bolsillo y tocó el botón. Era real. Lo notó entre los dedos. Duro. Liso. Innegable. Eso lo alteraba más que cualquier visión. Porque una alucinación puede discutirse. Una sensación puede desacreditarse. Un recuerdo borroso puede rechazarse. Pero un objeto propio encontrado en el lugar exacto donde uno sospecha haber estado la noche anterior era otra cosa. Era una prueba. Pequeña, miserable, insuficiente. Pero prueba al fin. Morales salió del callejón sin mirar atrás. No sabía aún de qué intentaba convencerse. Solo sabía una cosa con certeza: por primera vez desde que Clara había entrado en su oficina, empezaba a temer que el misterio no consistiera en averiguar qué pasó allí. Sino en aceptar qué quedó de él después .