El día que no termina
Morales regresó a la oficina caminando más despacio de lo habitual. No porque estuviera cansado. De hecho, cuanto más pensaba en lo que había ocurrido en el callejón, más despierto se sentía. Era una alerta extraña, casi incómoda, como si su mente hubiera empezado a trabajar en varias direcciones al mismo tiempo. Entró en el edificio. Subió las escaleras. La grieta del tercer escalón seguía allí. Por alguna razón, eso le irritó. Abrió la puerta de la oficina. El silencio volvió a recibirlo. Tres mesas. La ventana. El archivador. Todo exactamente igual. Morales se sentó. Durante un rato no hizo nada. Solo pensó. El botón. La marca en el suelo. La puerta metálica. La lluvia que recordaba sin haberla visto ese día. Y Clara. Clara siempre parecía saber un poco más de lo que decía. Demasiado más. Morales abrió un cajón y sacó su libreta de notas. La misma libreta que llevaba años utilizando para sus casos. La abrió por una página nueva. Escribió en la parte superior: Callejón — 11:45 aprox. Debajo añadió: botón de abrigo encontrado marca en el suelo recuerdo parcial de lluvia Clara confirma presencia anoche Se quedó mirando las palabras. Había algo extraño en ellas. No en lo que decían, sino en la forma en que estaban escritas. Pasó las páginas hacia atrás. Primero lentamente. Luego más rápido. Las páginas estaban llenas de notas de casos antiguos. Horas, direcciones, nombres de hoteles, matrículas de coches. Nada fuera de lo normal. Hasta que llegó a una página en mitad de la libreta. Morales se detuvo. La página estaba escrita. Pero no recordaba haberla escrito. Frunció el ceño. Leyó. Si estás leyendo esto otra vez, significa que todavía no lo recuerdas. Morales sintió un golpe seco en el pecho. Miró la página como si pudiera cambiar. Pero las palabras seguían allí. Escritas con su letra. Continuó leyendo. Este es el mismo día. Morales tragó saliva. Miró alrededor de la oficina. Todo parecía normal. Demasiado normal. Volvió a la página. El callejón es donde ocurrió. Las palabras parecían haber sido escritas con prisa. La lluvia. El hombre. El disparo. Morales cerró los ojos durante un segundo. El recuerdo volvió. Breve. La lluvia golpeando el suelo. Una mano moviéndose rápido. El sonido seco. Morales volvió a mirar la página. Las siguientes palabras estaban escritas más despacio. No estás soñando. El aire de la oficina parecía más pesado ahora. Morales siguió leyendo. Estás repitiendo el día. El reloj marcaba las 12:02. La aguja avanzó. 12:03. Morales notó que su respiración había cambiado. Más lenta. Más profunda. Las siguientes líneas estaban escritas con presión, como si el bolígrafo hubiera sido apretado contra el papel. No puedes salir porque no aceptas lo que pasó. El silencio de la oficina parecía haber crecido. Morales volvió a leer la última línea. Moriste en ese callejón. El mundo no se rompió. No hubo un ruido fuerte ni una revelación repentina. Solo una sensación extraña. Como si una pieza que llevaba mucho tiempo fuera de sitio hubiera encajado ligeramente. Morales apoyó las manos sobre la mesa. Miró el reloj. 12:04. La aguja avanzó. 12:05. Nada se detuvo. Nada cambió. Y, sin embargo, todo era diferente. Miró la libreta otra vez. Debajo del texto había una última frase. Siempre vuelves a olvidar esto. Morales sintió una mezcla incómoda de calma y miedo. —No… La palabra salió casi sin voz. Recordó el callejón. La lluvia. El hombre. La sensación de caer. No podía recordar el rostro del hombre. Pero ahora sabía que eso no era lo importante. Lo importante era otra cosa. Miró sus manos. No temblaban. Eso le sorprendió. Porque acababa de leer algo que debería haberlo destruido por completo. Moriste. Morales cerró la libreta lentamente. Se levantó. Caminó hasta la ventana. La ciudad seguía moviéndose. Coches. Gente. Ruido. Todo exactamente igual que antes. Pero ahora había una diferencia. Por primera vez no estaba seguro de que la ciudad fuera real. O quizá lo real era otra cosa. Un recuerdo. Un último día. Repetido. Otra vez. Y otra. Morales apoyó la frente en el cristal. —Si eso fuera verdad… No terminó la frase. Porque en ese momento vio algo en el reflejo de la ventana. Una figura detrás de él. Clara. Morales se giró. Clara estaba apoyada contra la pared junto a la puerta. No parecía sorprendida. Solo lo observaba. —Ya lo encontraste —dijo. Morales levantó la libreta. —¿Esto? Clara asintió. —Siempre acabas encontrándolo. Morales la miró fijamente. —¿Cuántas veces? Clara tardó en responder. —Muchas. Morales sintió que algo dentro de su mente intentaba abrirse paso. Como si hubiera recuerdos detrás de una puerta cerrada. —Entonces… —dijo lentamente— esto es real. Clara negó con suavidad. —No exactamente. —Entonces qué es? Clara lo miró con una expresión que parecía casi compasión. —Es lo que queda. Morales apretó la libreta. —¿Y ahora qué? Clara dio un paso hacia él. —Ahora viene la parte difícil. —¿Cuál? Clara sostuvo su mirada. —La parte en la que decides si sigues repitiendo el día… o si por fin aceptas que terminó .