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Aquí estoy

Pere Santiago

Es lo primero que piensa cada mañana, aunque nunca lo dice en voz alta. No es una frase heroica ni una declaración de principios. Es simplemente una constatación, como quien mira el reloj para confirmar que el tiempo sigue avanzando. Aquí estoy.

La ciudad incompleta

La ciudad incompleta

Morales no recordaba haber salido de la oficina. En algún momento había cerrado la libreta, había mirado a Clara, había caminado hacia la puerta… pero ahora estaba en la calle y no sabía exactamente cuándo había cruzado el umbral. La ciudad seguía funcionando. Pero algo había cambiado. Lo notó inmediatamente. No era un cambio evidente. No había edificios derrumbados ni calles vacías. Los coches seguían pasando, las personas seguían caminando, las voces seguían mezclándose con el ruido del tráfico. Sin embargo, todo parecía… reducido. Morales caminó unos metros sin rumbo. Miraba a su alrededor con una atención nueva. Un hombre salió de una tienda con una bolsa de papel. Una mujer esperaba en el semáforo. Un taxi pasó. Todo parecía correcto. Pero cuando Morales giró la cabeza hacia la siguiente calle, se detuvo. La calle terminaba demasiado pronto. No había más edificios después de la tercera esquina. Solo una especie de neblina gris, como si el espacio no estuviera completamente construido. Morales entrecerró los ojos. Intentó enfocar. Pero cuanto más intentaba mirar, más borroso se volvía el límite de la calle. —No… Retrocedió un paso. Miró hacia otra dirección. Aquella calle sí continuaba. Otra más también. Pero la primera seguía terminando en ese vacío gris. Morales respiró hondo. —Esto no puede ser real. —No lo es del todo. La voz de Clara apareció detrás de él. Morales no se giró inmediatamente. Ya no le sorprendía que ella apareciera. —Desde cuándo estás ahí? —Desde antes de que salieras. Morales finalmente se volvió. Clara estaba apoyada contra la pared del edificio, observando el final incompleto de la calle. —Estás empezando a verlo —dijo. Morales señaló el vacío gris. —¿Qué es eso? Clara tardó en responder. —Lo que tu mente no necesita. Morales frunció el ceño. —Explícate. Clara miró alrededor de la calle. —Este lugar no es una ciudad completa. Nunca lo fue. Morales volvió a mirar el borde borroso de la calle. —Entonces… ¿qué es? Clara lo miró directamente. —Un recuerdo. La palabra cayó con peso. Morales se pasó una mano por la cara. —Un recuerdo demasiado detallado. —No tanto como crees. Clara señaló un edificio cercano. —¿Puedes decirme qué hay dentro? Morales miró el edificio. Tres pisos. Ventanas. Un balcón con plantas. Intentó imaginar el interior. Cocinas. Salones. Dormitorios. Pero cuanto más lo pensaba, más vacío se volvía el ejercicio. —No —dijo finalmente. Clara asintió. —Exacto. El viento movió un periódico en el suelo. Morales observó cómo rodaba hasta el borde de la calle… y desaparecía en la neblina gris. Sintió un escalofrío. —Entonces todo esto… —Existe lo suficiente para que lo recuerdes. Morales guardó silencio. Luego dijo: —¿Cuánto tiempo llevo aquí? Clara no respondió inmediatamente. —No lo sabemos exactamente. —¿Semanas? Clara negó con la cabeza. —No funciona así. —¿Meses? Clara volvió a negar. —Para ti siempre es el mismo día. Morales pensó en la libreta. Siempre vuelves a olvidar esto. Sintió un peso extraño en el pecho. —¿Y tú? Clara lo miró con atención. —Yo no olvido. —¿Por qué? Clara desvió la mirada. —Porque no estoy atrapada aquí como tú. Morales tardó unos segundos en comprender la frase. —Entonces… ¿por qué estás aquí? Clara lo observó. La respuesta tardó más de lo habitual. —Porque alguien tenía que venir a buscarte. El tráfico de la calle siguió fluyendo. Un coche pasó. Luego otro. Pero algo estaba cambiando. Morales lo notó primero en el sonido. El ruido de la ciudad empezaba a distorsionarse. Como si los sonidos se repitieran con pequeñas variaciones. Un claxon. Otro igual. Los mismos pasos. La misma conversación. Morales miró a una pareja caminando por la acera. Pasaron frente a él. Doblaron la esquina. Y diez segundos después la misma pareja volvió a pasar. Clara no pareció sorprendida. —Está empezando. —¿Qué? —La ruptura. Morales sintió el suelo más inestable bajo sus pies. —¿Por qué? Clara lo miró con seriedad. —Porque ya sabes demasiado. En ese momento ocurrió algo peor. Morales oyó lluvia. Al principio pensó que era imaginación. Pero el sonido se volvió más claro. Miró hacia arriba. El cielo estaba completamente despejado. Sin nubes. Sin lluvia. Pero el sonido seguía allí. La lluvia golpeando el suelo. Morales sintió que el corazón le latía más rápido. —La estoy oyendo. Clara asintió lentamente. —Es el recuerdo acercándose. Morales dio un paso atrás. —No quiero recordarlo. Clara lo miró con una mezcla de paciencia y tristeza. —Eso es lo que llevas intentando evitar desde el principio. El sonido de la lluvia se volvió más fuerte. Morales miró alrededor. La gente seguía caminando, pero sus movimientos empezaban a ralentizarse. Un coche se quedó detenido a mitad de giro. Un hombre levantó la mano… y se quedó así. Inmóvil. El mundo empezaba a congelarse otra vez. Morales respiró con dificultad. —¿Qué está pasando? Clara señaló hacia el final de la calle. —Está empezando a mostrarse. Morales siguió su mirada. La neblina gris se estaba retirando. Muy lentamente. Como si una cortina invisible se abriera. Detrás de ella apareció algo nuevo. Un callejón. El mismo. El de la lluvia. Morales sintió que el estómago se le cerraba. —No… Clara lo miró. —Sí. El sonido de la lluvia ahora era ensordecedor. Aunque el cielo seguía despejado. Morales dio un paso atrás. —No quiero volver allí. Clara habló con suavidad. —No tienes que quererlo. —Entonces ¿por qué está pasando? Clara sostuvo su mirada. —Porque ese es el único lugar donde el día puede terminar. Morales miró el callejón. Oscuro. Familiar. Inevitable. La lluvia invisible seguía cayendo. Y por primera vez desde que había empezado todo, Morales comprendió algo con absoluta claridad: el día no se repetía porque el mundo estuviera roto. Se repetía porque él se negaba a llegar al final.

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