La ciudad sin memoria
La lluvia había desaparecido. El callejón ya no estaba oscuro ni mojado. Tampoco había luces temblando ni sombras alargadas sobre el cemento. El lugar parecía ahora una simple calle trasera, sin la gravedad que había tenido un momento antes. O quizá había sido retirado. Morales ya no estaba allí. El callejón estaba vacío. La ciudad volvió a respirar. Un coche pasó por la calle principal. Un semáforo cambió de rojo a verde. Alguien cruzó la acera mirando el teléfono. Un autobús dobló la esquina con el sonido pesado de su motor. Nada indicaba que algo extraordinario hubiera ocurrido. Nada indicaba que un hombre hubiera muerto allí. Ni que su mente hubiera pasado quién sabe cuánto tiempo intentando volver al principio del día. Las ciudades tienen esa capacidad. Absorben lo que ocurre dentro de ellas y siguen funcionando. La vida continúa. El tiempo sigue avanzando. Las personas pasan. Y los lugares olvidan. Solo queda, a veces, un detalle mínimo. Una sensación breve. Algo que no encaja del todo. Aquella mañana, un barrendero pasó por el callejón empujando su carro. Movía el agua acumulada hacia la alcantarilla con movimientos lentos y rutinarios. Al llegar a la mitad del callejón se detuvo un instante. Miró alrededor. No había nada. Pero tuvo una sensación extraña. Como si alguien hubiera estado allí hacía muy poco. Sacudió la cabeza. Continuó trabajando. El agua desapareció por la rejilla. El suelo volvió a quedar limpio. La ciudad siguió adelante. Y en algún lugar donde ya no existían calles, ni relojes, ni días que se repiten, Morales ya no estaba intentando resolver nada. Por primera vez desde que todo había empezado, el tiempo había terminado.
Aquí estoy. Fue lo último que siguió pensando… incluso después de haber dejado de estar.