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Aquí estoy

Pere Santiago

Es lo primero que piensa cada mañana, aunque nunca lo dice en voz alta. No es una frase heroica ni una declaración de principios. Es simplemente una constatación, como quien mira el reloj para confirmar que el tiempo sigue avanzando. Aquí estoy.

La lluvia

La lluvia

El callejón estaba allí. No como un recuerdo borroso ni como una sombra al final de la calle. Esta vez estaba completo. Oscuro. Estrecho. Real. Morales se quedó inmóvil en la entrada, con la sensación nítida de que todo lo demás había dejado de importar. La ciudad, la oficina, las calles repetidas, las voces, el tráfico, la grieta en el tercer escalón, la libreta con su propia letra, incluso Clara. Todo parecía haber sido una aproximación torpe a ese punto exacto. Era allí. El aire estaba quieto, pero el sonido de la lluvia comenzó a crecer otra vez hasta llenar todo el espacio. Primero fue un murmullo lejano, casi una sugerencia. Luego se volvió inconfundible: agua golpeando el cemento, las paredes, la chapa de la puerta del fondo, los bordes metálicos de los cubos de basura. Morales alzó la vista. El cielo de la calle seguía despejado. Sin embargo, dentro del callejón sí llovía. No era una metáfora ni una ilusión leve. El agua caía realmente al otro lado del umbral, delimitando un espacio distinto del resto del mundo. Una frontera. Un recuerdo que ya no aceptaba ser observado desde fuera. Clara estaba detrás de él. Morales no necesitó girarse para saberlo. —Es aquí —dijo ella. Él no respondió. No porque no quisiera, sino porque cualquier palabra habría sido una forma de retrasar lo inevitable. Dio un paso adelante. El agua cayó sobre su abrigo con una frialdad inmediata. El cuello se le pegó a la nuca. El cabello empezó a empaparse. El olor a hierro oxidado y humedad subió desde el suelo con una precisión casi insoportable. El mundo alrededor empezó a desvanecerse. La calle quedó atrás como una fotografía vieja perdiendo contraste. Los coches se inmovilizaron. Las voces desaparecieron. La ciudad entera fue retirándose hasta dejar solo el callejón, la lluvia y esa luz amarillenta sobre la puerta metálica del fondo. Morales siguió avanzando. Cada paso era una confirmación. El suelo mojado. La ligera pendiente hacia el centro. La pared de ladrillo a la izquierda. La tubería oxidada. La mancha oscura. Todo coincidía con algo que ya no intentaba esconderse en el fondo de su memoria. Esta vez no estaba recordando fragmentos. Esta vez el recuerdo estaba reclamando forma completa. A mitad del callejón se detuvo. Frente a él había un hombre. No apareció de golpe. No emergió de una sombra ni cayó del cielo del recuerdo. Simplemente estaba allí, como había estado la noche real. Con el abrigo oscuro. Con la postura tensa de alguien que ya sabe que ha sido seguido. Con un rostro que todavía se resistía a ser fijado del todo, no porque fuera invisible, sino porque el impacto del momento siempre había borrado lo accesorio. Morales sintió cómo su respiración se aceleraba. Ahora entendía por qué jamás había conseguido verle bien la cara. No había querido hacerlo. No había querido completar la escena. El hombre habló. —Sabía que venías. La voz resonó exactamente igual que en el recuerdo. Sin énfasis. Sin teatralidad. Como una frase ya pronunciada demasiadas veces. Morales sintió que algo en su interior cedía por fin. Llevaba todo el día —o todos los días— bordeando ese momento, interpretándolo, rompiéndolo en piezas, huyendo de él mediante rutinas, preguntas, repeticiones y pequeñas pesquisas inútiles. Pero allí, frente a esa voz, ya no quedaba espacio para el autoengaño. —Te seguí —dijo Morales. La respuesta salió con una naturalidad extraña, como si la estuviera pronunciando por primera vez y al mismo tiempo por centésima vez. El hombre dejó escapar una risa corta. —Ese fue tu error. Morales no se movió. Sabía lo que iba a pasar. Y, sin embargo, no podía impedir que ocurriera. Esa era quizá la verdad más humillante del recuerdo: no estaba allí para cambiar nada. No estaba allí para resolverlo. No estaba allí para atrapar al hombre, impedir el disparo ni corregir el pasado con la lógica torpe de los vivos. Estaba allí para verlo. Solo verlo. El hombre metió la mano en el bolsillo. Morales sintió cómo todo su cuerpo se tensaba con una memoria física perfecta. Las costillas, el estómago, la mandíbula, las manos. No era pensamiento. Era reflejo. El cuerpo recordando incluso después de haber dejado de servir para algo. Esta vez no apartó la mirada. El arma apareció. Oscura. Breve. Suficiente. El disparo rompió la noche. Fue un sonido seco, brutal, mucho menos cinematográfico de lo que cualquier recuerdo posterior habría querido. Un golpe abrupto que partió el callejón en dos. Morales sintió el impacto. No como una idea, no como una abstracción, sino como la irrupción instantánea de un dolor compacto y sordo que le robó el aire. El mundo se desajustó. Su cuerpo retrocedió apenas. Luego dejó de responder como un cuerpo obediente y comenzó a caer como un objeto. El suelo se acercó. La luz amarilla se inclinó. La lluvia se volvió un ruido inmenso. Y entonces lo recordó todo. No a retazos. No por destellos. Todo. El frío del cemento bajo el costado. El sabor metálico en la boca. La imposibilidad de llenar los pulmones. El agua mezclándose con algo más tibio y más espeso. La absurda claridad de ciertos detalles: la irregularidad de un ladrillo roto, el parpadeo de la luz sobre la puerta, el dibujo de una mancha de humedad en la pared. Recordó su mano buscando apoyo y no encontrándolo. Recordó intentar hablar. Recordó no sentir exactamente miedo, sino incredulidad. No puede estar pasando ya. Esa había sido la frase. No una frase brillante ni heroica. Solo eso. Una negativa torpe ante la brutalidad de los hechos. El hombre se acercó. Su silueta ocupó parte de la luz. Se agachó levemente, como para comprobar algo. Morales quiso verle la cara con precisión, pero la noche y la lluvia la deformaban. O quizá era su propia conciencia apagándose la que retiraba nitidez a todo salvo a lo imprescindible. La voz del hombre llegó amortiguada. —Lo siento. No sonó arrepentido. Sonó cansado. Como alguien que reconoce una consecuencia, no una culpa. Después se enderezó y se alejó. Los pasos se fueron perdiendo en el agua. Morales se quedó en el suelo, mirando hacia arriba. La lluvia le caía directamente sobre el rostro. Los párpados le pesaban. La ciudad, más allá del callejón, seguía existiendo con una indiferencia monstruosa. Algún motor lejano. Una puerta. Un ruido arrastrado. La vida continuando a muy poca distancia de su final. Y luego vino lo peor. No el dolor. No la sangre. No el frío. Lo peor fue la sensación de que el tiempo no terminaba de cerrarse. Como si una parte de él siguiera esperando levantarse. Como si todavía no aceptara que ese era el último minuto de nada. Morales parpadeó. Y se vio. No como una metáfora. No como una intuición. Se vio a sí mismo tirado en el suelo del callejón. El mismo abrigo gris oscuro. La misma corbata mal anudada. El brazo torcido en un ángulo impropio. La lluvia cayendo sobre su cara inmóvil. Su cuerpo. Su cuerpo real. Allí. Morales se quedó paralizado. Todo el esfuerzo mental de los capítulos anteriores —las deducciones, las sospechas, las notas, las frases ambiguas de Clara, la ciudad incompleta, la repetición— quedó reducido a la dimensión exacta de esa imagen. Ese eres tú. La voz de Clara llegó a su espalda con una suavidad casi insoportable. —Sí —dijo—. Ese eres tú. Morales no apartó la vista. No sintió horror. El horror había pertenecido a otra etapa, a cuando todavía quedaban distancias útiles entre la intuición y la certeza. Lo que sintió ahora fue comprensión. Una comprensión lenta, pesada, total. Por eso el día se repetía. Por eso todo terminaba siempre en la oficina, en el café, en la corbata mal anudada, en la frase “Aquí estoy”. No era un sueño. No era un castigo. No era una pesadilla caprichosa. Era resistencia. Su mente negándose a cerrar el último día. Recorriéndolo una y otra vez desde el principio, inventando ciudad suficiente, tiempo suficiente, rutina suficiente, misterio suficiente para no llegar hasta esa imagen final. Morales dio un paso hacia su propio cuerpo y se detuvo enseguida. No había nada que hacer allí. La frase cayó dentro de él con una precisión mortal. No había nada que hacer. No había caso. No había culpable que perseguir todavía. No había informe que redactar. No había próxima mañana. Solo un final no aceptado. —Entonces... ya terminó —dijo. La voz le salió baja, sin épica. Clara se acercó hasta quedar a su lado. También miró el cuerpo. —Terminó hace mucho. Morales cerró los ojos un instante. Escuchó la lluvia. Ya no como amenaza. Ya no como advertencia. La escuchó como el sonido exacto del lugar donde había dejado de ser quien creía seguir siendo. Cuando volvió a abrirlos, no apartó la mirada de su cadáver. La verdad estaba allí, completa y sin adornos. Y esta vez ya no podía olvidarla .

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