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Aquí estoy

Pere Santiago

Es lo primero que piensa cada mañana, aunque nunca lo dice en voz alta. No es una frase heroica ni una declaración de principios. Es simplemente una constatación, como quien mira el reloj para confirmar que el tiempo sigue avanzando. Aquí estoy.

La noche

La noche

La lluvia había empezado al anochecer. No era una tormenta violenta. Era una de esas lluvias constantes que parecen caer con paciencia, como si la ciudad necesitara ser lavada lentamente. Las calles brillaban bajo las farolas y el tráfico avanzaba con ese ritmo cansado que solo aparece cuando la noche se instala definitivamente. Morales caminaba con el cuello del abrigo levantado. No tenía prisa. Nunca tenía prisa cuando trabajaba de noche. Las investigaciones nocturnas eran distintas. Durante el día la gente se mueve demasiado, habla demasiado, miente demasiado rápido. Pero por la noche todo se vuelve más lento, más sincero. Las personas creen que la oscuridad las protege. Casi nunca es así. Se detuvo frente a un bar pequeño en una esquina. El cartel de neón parpadeaba con irregularidad. Una de las letras llevaba meses apagada, de modo que el nombre del local parecía incompleto. Morales miró su reloj. 11:42. La persona a la que estaba siguiendo llevaba dentro casi una hora. A través de la ventana empañada podía distinguir siluetas, movimientos, sombras inclinándose sobre vasos. Sacó una libreta del bolsillo. Anotó la hora. Nada más. La mayoría de sus informes estaban llenos de anotaciones así: horas, lugares, movimientos pequeños que para cualquiera serían insignificantes. Para él, sin embargo, esas pequeñas cosas eran el trabajo. Cerró la libreta. La lluvia se intensificó ligeramente. Un coche pasó levantando agua del asfalto. El ruido se extendió por la calle vacía y luego desapareció. Morales apoyó la espalda contra una pared. Esperó. La espera siempre era la parte más larga del trabajo. Y también la más extraña. Porque durante esos momentos el mundo parecía reducirse a algo muy simple: un lugar, una persona, una posibilidad. Nada más existía. La puerta del bar se abrió. Morales levantó ligeramente la cabeza. Un hombre salió tambaleándose. No era su objetivo. El hombre encendió un cigarrillo bajo el pequeño tejadillo de la entrada y luego se alejó calle abajo. La puerta volvió a cerrarse. El neón parpadeó otra vez. Morales miró la calle. Había algo en la escena que le resultaba familiar. Demasiado familiar. No sabría explicar por qué. La forma en que el agua corría por la acera. El sonido lejano de un autobús. La luz amarillenta de la farola reflejada en el asfalto. Como si ese momento ya hubiera ocurrido antes. Sacudió la cabeza. No era la primera vez que tenía esa sensación. En su trabajo pasaba muchas horas observando los mismos tipos de calles, los mismos bares, las mismas esquinas. Era normal que todo terminara pareciendo repetido. La puerta del bar volvió a abrirse. Esta vez salió el hombre que estaba esperando. Morales se incorporó ligeramente. El hombre miró a ambos lados de la calle. Luego se ajustó la chaqueta y empezó a caminar. Morales esperó unos segundos antes de seguirlo. La distancia adecuada. Ni demasiado cerca. Ni demasiado lejos. El hombre caminaba rápido, pero sin parecer nervioso. Sus pasos resonaban en la acera mojada. Doblaron una esquina. Luego otra. La ciudad nocturna tenía ese aspecto particular de las horas tardías: pocos coches, pocas personas, edificios silenciosos observándolo todo. Morales mantuvo el ritmo. La lluvia seguía cayendo. De repente, el hombre se detuvo. Morales también. El hombre miró hacia atrás. Sus ojos se encontraron durante una fracción de segundo. Morales no apartó la mirada. Era una regla básica: cuando alguien sospecha que lo siguen, el peor error es reaccionar demasiado rápido. El hombre lo observó unos segundos más. Luego continuó caminando. Morales esperó. Cinco segundos. Diez. Reanudó la marcha. La calle se estrechaba entre edificios antiguos. Las farolas estaban más separadas, dejando zonas enteras en sombra. El hombre dobló por un callejón. Morales frunció ligeramente el ceño. No le gustaban los callejones. Pero era parte del trabajo. Cuando llegó a la esquina, se detuvo un instante. Miró hacia dentro. El callejón estaba casi completamente oscuro. Solo una luz débil al fondo iluminaba parte del suelo mojado. El hombre caminaba hacia esa luz. Morales lo siguió. Sus pasos sonaban distintos allí dentro. Más huecos. Más solitarios. El callejón olía a humedad y metal oxidado. El hombre volvió a detenerse. Esta vez no miró hacia atrás. Simplemente habló. —Sabía que venías. Morales no respondió. El hombre giró lentamente. Su rostro estaba parcialmente iluminado por la luz del fondo. —Los investigadores privados sois muy previsibles. Morales metió las manos en los bolsillos. —Eso dicen. El hombre sonrió. —¿Quién te envía? —Eso no importa. La sonrisa del hombre desapareció. Durante unos segundos ninguno habló. La lluvia caía al final del callejón, formando pequeñas ondas en los charcos. Morales dio un paso adelante. —Esto termina aquí —dijo. El hombre inclinó la cabeza. —Sí. Pero no parecía estar hablando del mismo asunto. Hubo un momento extraño entonces. Un silencio demasiado largo. Morales sintió algo que no supo identificar inmediatamente. No era miedo. Tampoco sorpresa. Era más bien una sensación física. Como si el aire hubiera cambiado de peso. El hombre sacó algo del bolsillo. Un movimiento rápido. Demasiado rápido. Morales dio medio paso hacia atrás. El sonido fue seco. Corto. Inconfundible. Durante un segundo Morales no entendió lo que había ocurrido. El mundo no se detuvo. La lluvia siguió cayendo. La luz al fondo del callejón siguió parpadeando. Pero algo dentro de él se volvió extrañamente silencioso. Miró hacia abajo. La chaqueta oscura absorbía el agua de la lluvia. Y algo más. Sus piernas dejaron de responder correctamente. El suelo se acercó. O quizá fue él quien cayó. El impacto fue menos doloroso de lo que habría imaginado. El hombre se acercó. Sus pasos resonaban sobre el cemento mojado. Se agachó. Morales intentó decir algo. Pero las palabras no salieron. La voz del hombre parecía distante. —Lo siento. No sonaba especialmente arrepentido. Morales miró el cielo entre los edificios. La lluvia caía directamente sobre su rostro ahora. Curiosamente, no sentía frío. Ni dolor. Solo una especie de cansancio profundo. Como si hubiera estado despierto durante demasiado tiempo. Las luces del callejón comenzaron a difuminarse. Las sombras se mezclaron. El sonido de la lluvia se volvió más lejano. La última cosa que pensó no fue sobre el caso. Ni sobre el hombre. Ni siquiera sobre el trabajo. Pensó algo mucho más simple. Una frase que había repetido cada mañana durante años. Aquí estoy. Pero esta vez la frase no significaba lo mismo. Porque el mundo ya empezaba a desaparecer. Y él no lo sabía todavía. Pero aquel callejón había sido la última vez que realmente estuvo allí.

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