Las grietas
Morales no se movió durante varios minutos después de que Clara se marchara. La oficina había recuperado su silencio habitual, pero ya no parecía el mismo silencio. Antes era simplemente la ausencia de ruido; ahora tenía una cualidad distinta, como si algo invisible estuviera esperando. El reloj continuaba avanzando. 11:19. 11:20. Morales seguía mirando la puerta. Intentaba convencerse de que todo lo que había ocurrido era una conversación extraña con una clienta aún más extraña. En su trabajo eso no era algo raro. La gente acudía a los investigadores privados cuando las cosas empezaban a torcerse en sus vidas. Pero Clara no parecía alguien cuya vida estuviera desordenada. Parecía alguien que ya sabía cómo terminaría todo. Morales se levantó. Caminó hasta la ventana. La calle seguía allí. Un coche rojo se detuvo frente al semáforo. Un hombre cruzó con una bolsa de supermercado. Una mujer con abrigo amarillo caminaba deprisa hablando por teléfono. Todo normal. Pero entonces ocurrió algo. El coche rojo arrancó. Desapareció por la esquina. Unos segundos después, otro coche rojo apareció en la misma dirección… y se detuvo exactamente en el mismo lugar. Morales frunció el ceño. No era el mismo coche. Pero era demasiado parecido. Miró al hombre con la bolsa. El hombre cruzó la calle. Desapareció. Y pocos segundos después otro hombre con la misma bolsa apareció caminando por el mismo sitio. Morales parpadeó. La mujer del abrigo amarillo pasó otra vez. Exactamente con el mismo gesto. Exactamente con el mismo paso. Morales se apartó de la ventana. —No —murmuró. Caminó por la oficina. Abrió un cajón. Cerró otro. Se pasó una mano por la frente. —Estás cansado. Pero incluso mientras lo decía sabía que no era verdad. No estaba cansado. Estaba… confundido. Volvió a mirar el reloj. 11:23. La aguja de los segundos avanzaba con normalidad. Nada parecía incorrecto. Sin embargo, la sensación seguía allí. Una presión leve en la parte posterior de su mente. Como si algo estuviera intentando recordar por él. Morales abrió el archivador metálico. Sacó una carpeta al azar. La abrió. Fotografías. Un seguimiento de hace tres semanas. Un hombre entrando en un restaurante. El mismo hombre saliendo una hora después. Morales observó la foto. Algo le llamó la atención. El fondo de la imagen. Una calle. Un coche. Una farola. De repente sintió un escalofrío. Había visto esa misma farola. No en la foto. En otro lugar. En otra noche. La lluvia. El callejón. El recuerdo apareció como un relámpago. Un destello breve. Agua cayendo. Un hombre frente a él. Una mano moviéndose rápido. Morales soltó la carpeta. Las fotos se desparramaron por el suelo. Respiraba más rápido. —¿Qué demonios fue eso…? Intentó recordar. Pero el recuerdo se disolvió inmediatamente. Como un sueño al despertar. Morales se agachó para recoger las fotos. Entonces vio algo en el suelo. Un pequeño charco. Frunció el ceño. La oficina no tenía filtraciones. Sin embargo, el suelo estaba húmedo. Pasó un dedo por el agua. La observó. Durante un segundo pensó que era lluvia. Pero eso era imposible. La ventana estaba cerrada. Morales se levantó lentamente. Miró sus zapatos. Estaban secos. Miró el suelo. El pequeño charco había desaparecido. Morales sintió un frío extraño recorriéndole la espalda. Volvió a la ventana. La calle parecía normal otra vez. Pero ya no confiaba en lo que veía. Entonces algo ocurrió. Una figura apareció en la acera opuesta. Morales entrecerró los ojos. Era Clara. Estaba de pie frente al edificio. No parecía haber caminado hasta allí. Simplemente estaba. Mirando hacia la ventana. Mirándolo a él. Morales se quedó inmóvil. Clara levantó la mano lentamente. No era exactamente un saludo. Era más bien un gesto leve. Casi una señal. Luego señaló hacia la calle. Morales siguió la dirección con la mirada. Al principio no vio nada. Entonces lo vio. Al final de la calle había un callejón. Estrecho. Oscuro. Morales sintió que el estómago se le contraía. La lluvia. El recuerdo volvió durante una fracción de segundo. Un sonido seco. Un impacto. El suelo acercándose. Morales retrocedió. Cuando volvió a mirar por la ventana, Clara ya no estaba. La acera estaba vacía. La ciudad seguía moviéndose. Coches. Peatones. Ruido. Pero Morales ya no veía lo mismo que antes. Porque ahora sabía una cosa. Algo en ese callejón… lo estaba esperando. Y tenía la sensación cada vez más fuerte de que, cuando finalmente recordara qué ocurrió allí, algo en su mundo dejaría de funcionar para siempre