Lo primero
Es lo primero que piensa cada mañana, aunque nunca lo dice en voz alta. No es una frase heroica ni una declaración de principios. Es simplemente una constatación, como quien mira el reloj para confirmar que el tiempo sigue avanzando. Aquí estoy. Abre los ojos antes de que suene el despertador. Siempre ocurre así. El aparato termina siendo un objeto inútil sobre la mesilla, programado para recordarle algo que su cuerpo ya sabe: que otro día comienza, que otro día es exactamente igual al anterior. El techo de su apartamento es blanco. O lo fue alguna vez. Ahora tiene pequeñas sombras grises en las esquinas, manchas de humedad que se expanden lentamente como mapas de países inexistentes. Lleva años observándolas. A veces cree reconocer nuevas formas, continentes imaginarios que aparecen durante la noche. No se levanta inmediatamente. Permanece unos segundos —o quizá minutos— mirando ese techo que conoce mejor que el rostro de muchas personas. Después se incorpora. La habitación está fría. Siempre está fría. El apartamento se encuentra en un edificio antiguo donde el aislamiento es más una teoría que una realidad. Las tuberías gimen dentro de las paredes como si también se despertaran con pereza. Se sienta al borde de la cama. Sus pies encuentran el suelo sin buscarlo. Es un gesto automático, aprendido después de repetirlo miles de veces. Se queda quieto, mirando sus propias manos, abiertas sobre las rodillas. Tiene manos de alguien que observa demasiado. No son manos fuertes ni especialmente cuidadas. Tampoco parecen las manos de un hombre mayor. Son simplemente manos que han pasado demasiado tiempo sosteniendo papeles, informes, fotografías, grabadoras baratas y vasos de café. Se levanta. Camina hacia la cocina. El apartamento es pequeño, lo suficiente como para que cada paso tenga un destino claro. No hay pasillos largos ni puertas innecesarias. Solo las habitaciones imprescindibles para que alguien pueda vivir sin hacerse demasiadas preguntas. La cafetera está donde siempre. La llena con agua sin mirar. No necesita hacerlo. Sus dedos conocen la posición de cada objeto como si estuvieran grabados en la memoria muscular. Enciende el gas. El sonido del mechero es seco. Breve. Un chasquido que rompe el silencio del amanecer. Mientras espera a que el café se caliente, abre la ventana. La ciudad aún no ha terminado de despertarse. Desde su quinto piso puede ver la calle extendiéndose entre edificios de ladrillo oscuro. Algunos coches pasan lentamente. Un autobús vacío se detiene en la esquina y continúa su camino sin pasajeros. El aire entra frío. Le gusta ese momento. No por el paisaje ni por el aire fresco. Le gusta porque es un instante suspendido, un punto entre dos partes del día en el que todavía no ha empezado nada. Durante unos segundos el mundo no exige nada de él. Ni preguntas. Ni decisiones. Ni respuestas. Solo respirar. La cafetera comienza a burbujear. Sirve el café en una taza blanca sin dibujos. El líquido oscuro se mueve ligeramente, como si también estuviera despertando. No añade azúcar. Nunca lo ha hecho. Se sienta frente a la mesa pequeña de la cocina. En realidad no es una mesa pensada para comer. Es más bien un espacio donde dejar cosas. Pero él desayuna allí cada mañana como si fuera un ritual cuidadosamente diseñado. Café. Una tostada. Nada más. Mastica despacio. Mira la pared. La pared tampoco tiene nada especial. Una pintura antigua, un pequeño reloj redondo, una repisa con tres libros que nunca termina de leer. Todo en ese apartamento parece existir únicamente para que la rutina tenga un lugar donde apoyarse. Cuando termina el café, lava la taza inmediatamente. Ese detalle es importante. No soporta dejar cosas pendientes. Ni platos en el fregadero. Ni preguntas sin resolver. Ni historias incompletas. Quizá por eso eligió su trabajo. O quizá fue al revés. El baño está al fondo. La luz del espejo revela lo mismo que cada mañana: un rostro cansado pero funcional. No es un rostro memorable. Si alguien intentara describirlo después de verlo durante unos minutos, probablemente olvidaría la mayoría de sus rasgos. Eso le conviene. Se afeita con cuidado. No porque le preocupe especialmente su aspecto, sino porque el movimiento repetitivo de la cuchilla tiene algo tranquilizador. Arriba. Abajo. Arriba. Abajo. Cada gesto elimina una pequeña capa del día anterior. Cuando termina, se lava la cara. El agua fría termina de despertarlo. Regresa al dormitorio. El traje cuelga en la puerta del armario. Gris oscuro. Discreto. La clase de traje que nadie recuerda después de verlo. Se viste con movimientos mecánicos. Camisa. Pantalón. Chaqueta. Luego viene la corbata. Siempre ocurre lo mismo. La toma, la coloca alrededor del cuello y comienza a hacer el nudo. Sus dedos conocen el proceso perfectamente, pero de algún modo nunca termina de quedar bien. El nudo queda ligeramente torcido. Lo observa en el espejo. Podría repetirlo. Podría deshacerlo y volver a intentarlo. Pero no lo hace. Nunca lo hace. Simplemente lo ajusta un poco y acepta el resultado. Mal atada. Como siempre. Coge el abrigo. Las llaves. La cartera. Apaga las luces. Antes de salir, mira el apartamento una vez más. No hay ningún motivo para hacerlo, pero lo hace cada día. Como si quisiera comprobar que todo sigue en su sitio. Como si esperara que algo hubiera cambiado. Pero nunca cambia nada. Cierra la puerta. El sonido de la cerradura es definitivo. Baja las escaleras del edificio lentamente. El ascensor existe, pero es antiguo y tarda demasiado. Además, le gusta escuchar los pasos resonando en el hueco de la escalera. Es una forma de confirmar que sigue ahí. Aquí estoy. La calle está más viva ahora. Personas caminando deprisa. Tiendas levantando persianas. El tráfico aumentando lentamente. Se mezcla con la gente sin llamar la atención. Eso también es parte de su trabajo. Es investigador privado. No uno de esos que aparecen en las películas con sombrero y gabardina bajo la lluvia. Su trabajo es más silencioso. Más aburrido. Más repetitivo. Observa. Toma notas. Sigue a personas que creen no ser seguidas. Fotografía momentos que nadie quiere recordar. La mayoría de los casos son iguales. Infidelidades. Pequeños fraudes. Empresas que quieren confirmar sospechas. Nada que merezca una novela. Nada que merezca ser contado. Por eso cada día se parece tanto al anterior. Camina hasta la oficina. El trayecto dura quince minutos exactos. Siempre quince. Podría hacerlo con los ojos cerrados. La oficina está en un edificio estrecho entre una gestoría y una tienda de teléfonos móviles. Un cartel pequeño junto al timbre dice: Investigaciones Morales Ese es su nombre. Morales. Abre la puerta. El olor a papel y café viejo lo recibe como un viejo conocido. Dentro hay tres mesas. Una ventana. Un archivador metálico lleno de carpetas. Todo está en silencio. Se sienta en su escritorio. Enciende la lámpara. Consulta el reloj. Las agujas avanzan con una lentitud casi ofensiva. Minuto tras minuto. Hora tras hora. La mayor parte del tiempo su trabajo consiste simplemente en esperar. Esperar llamadas. Esperar clientes. Esperar que algo ocurra. Pero casi nunca ocurre nada. Ese día parece igual que todos. Hasta que la puerta se abre. Sin llamar. Sin dudar. La mujer que entra no se parece a ninguna de las personas que suelen cruzar esa puerta. Su forma de caminar es demasiado segura. Su ropa demasiado llamativa. Su mirada demasiado directa. Extravagante. Agresiva. Pero también extrañamente alegre. Como si no hubiera aprendido todavía que el mundo suele ser más gris de lo que promete. Se detiene frente a su mesa. Lo observa durante unos segundos. Sonríe. —Así que tú eres Morales. No es una pregunta. Es una afirmación. Morales tarda un momento en responder. No porque no tenga la respuesta. Sino porque, por primera vez en mucho tiempo, tiene la sensación de que algo —algo pequeño, algo invisible— acaba de desplazarse en el orden silencioso de su rutina. Algo ha cambiado. Muy ligeramente. Casi imperceptible. Pero lo suficiente. Morales la mira. Y por primera vez en mucho tiempo piensa algo distinto al habitual “aquí estoy”. Piensa: Tal vez hoy no sea exactamente igual que ayer.