← Volver a la biblioteca

Portada

Aquí estoy

Pere Santiago

Es lo primero que piensa cada mañana, aunque nunca lo dice en voz alta. No es una frase heroica ni una declaración de principios. Es simplemente una constatación, como quien mira el reloj para confirmar que el tiempo sigue avanzando. Aquí estoy.

Planteamiento

Planteamiento

Morales la observa unos segundos más de lo que sería educado. No lo hace por curiosidad exactamente. Es más bien un pequeño retraso en su mente, como si algo en la escena no terminara de encajar. La mujer deja su bolso sobre la mesa sin pedir permiso. —Vaya oficina —dice mirando alrededor—. Es exactamente como imaginaba. Morales frunce el ceño. —¿Cómo la imaginaba? Ella se encoge de hombros. —Silenciosa. La palabra queda suspendida en el aire. Silenciosa. Morales nunca había pensado en la oficina de esa manera. Pero ahora que lo dice, se da cuenta de que es cierto. Incluso cuando la calle está llena de tráfico, el interior parece aislado, como si el sonido no terminara de atravesar las paredes. —¿Qué quiere? —pregunta finalmente. La mujer no responde de inmediato. Se acerca a la ventana y mira hacia la calle. Durante unos segundos observa a la gente pasar. Los peatones cruzan el semáforo, los coches avanzan lentamente, un vendedor ambulante empuja su carrito. La vida continúa. —¿Alguna vez tiene la sensación de que todo se repite? —pregunta ella. Morales tarda en responder. —Mi trabajo consiste en repetir cosas. —No me refiero a eso. Ella gira la cabeza ligeramente, pero no lo mira directamente. —Quiero decir… que a veces los días parecen demasiado parecidos. Como si alguien hubiera decidido no cambiar demasiado el escenario. Morales se recuesta en la silla. —Eso se llama rutina. —No. La mujer sonríe levemente. —No es lo mismo. Se gira hacia él por completo. Por un momento Morales tiene la extraña impresión de que lo está observando con demasiada atención. No como un cliente observa a un investigador, sino como alguien que intenta confirmar algo que ya sospecha. —Necesito que investigue a alguien —dice finalmente. —¿A su marido? —No. —¿Un socio? —Tampoco. —Entonces ¿a quién? Ella duda. No parece nerviosa. Más bien parece elegir con cuidado qué parte de la verdad quiere decir. —A usted. El silencio se instala entre los dos. Morales no se sorprende tanto como debería. En su trabajo ha escuchado peticiones extrañas. Personas que quieren investigar a vecinos, a empleados, a antiguos amigos, incluso a familiares que llevan años desaparecidos. Pero nunca a sí mismo. —No funciona así —dice. —¿Por qué no? —Porque ya sé quién soy. Ella inclina la cabeza ligeramente. —¿Está seguro? Morales se levanta. No le gusta el rumbo que está tomando la conversación. —Escuche —dice—. Si quiere contratarme para algo serio, siéntese y explíqueme el caso. Si no, tengo trabajo. Ella mira el escritorio. Las carpetas. Los papeles. El ordenador apagado. —No parece muy ocupado. Morales no responde. Porque, en realidad, no lo está. La mayor parte de sus días consisten exactamente en esto: sentarse, esperar y dejar que las horas se deslicen lentamente hacia la tarde. La mujer vuelve a sentarse frente a él. —Solo quiero que revise algunas cosas —dice—. Su rutina. Sus movimientos. Sus días. —Eso no tiene sentido. —Tiene más sentido del que cree. Morales suspira. —¿Cómo se llama? —Clara. No dice apellido. Morales toma una libreta. Es un gesto automático. Cuando alguien menciona un caso, su mano busca inmediatamente un bolígrafo. Pero al mirar la página se detiene. Durante un instante tiene la sensación de que esa hoja ya estaba escrita. No completamente. Solo algunas palabras. Garabatos muy leves, como si alguien hubiera presionado el bolígrafo sin tinta. Parpadea. La página está en blanco. Sacude la cabeza. —Bien, Clara —dice—. ¿Qué quiere exactamente que investigue? Ella apoya los codos en la mesa. —Quiero que observe su vida como observa la de los demás. —Eso no tiene sentido. —Claro que lo tiene. Morales empieza a responder, pero algo en su mente se detiene. No sabe exactamente qué. Una sensación breve. Un pequeño vacío. Como cuando uno intenta recordar un sueño que desaparece justo al despertar. —¿Le pasa a menudo? —pregunta ella. —¿El qué? —Ese momento. Morales frunce el ceño. —¿Qué momento? —Cuando parece que se pierde durante un segundo. Morales no contesta. Porque, si es sincero, sí le pasa. Pequeños huecos. Instantes en los que el tiempo parece saltarse un paso. Nada importante. Solo segundos. Siempre segundos. —Está imaginando cosas —dice finalmente. Clara no discute. Se levanta y camina por la oficina. Sus dedos rozan el archivador metálico. —¿Cuánto tiempo lleva trabajando aquí? —Quince años. —¿Y antes? —Antes… —Morales se detiene. La palabra queda suspendida. Antes. Es una pregunta sencilla. Una que ha respondido muchas veces. Pero ahora, por alguna razón, su memoria tarda más de lo normal. Como si la respuesta estuviera detrás de una puerta que alguien ha cerrado con llave. —Trabajaba para la policía —dice finalmente. Clara lo observa. —¿Está seguro? Morales siente un ligero escalofrío. —Claro que estoy seguro. Pero mientras lo dice, no logra recordar el nombre de su antiguo jefe. Ni la comisaría. Ni el año exacto en que dejó el cuerpo. Recuerda la idea. Pero no los detalles. Clara se acerca más. —Eso es interesante. —¿Qué cosa? —Que recuerde las cosas como si fueran… fragmentos. Morales golpea la mesa con el bolígrafo. —Escuche, señora. Si no tiene un caso real— Se detiene. Algo en la ventana ha cambiado. No sabría decir qué. La calle sigue ahí. Los coches. La gente. El vendedor ambulante. Pero durante un segundo tiene la sensación de que todo se ha quedado demasiado quieto. Como una fotografía. Parpadea. Todo vuelve a moverse. El autobús arranca. Un hombre cruza la calle corriendo. La vida continúa. —¿Lo ha visto? —pregunta Clara. —¿Ver qué? Ella lo mira fijamente. —Nada. Sonríe. Pero no parece una sonrisa alegre. Es la sonrisa de alguien que confirma una sospecha. Morales se pasa una mano por la frente. Está cansado. Más cansado de lo normal. Como si hubiera dormido mal durante mucho tiempo. —Creo que debería irse —dice. Clara recoge su bolso. —Volveré. —No hace falta. —Sí hace falta. Se detiene en la puerta. Antes de salir, dice algo en voz baja. Tan baja que Morales casi no lo escucha. —Todavía no te has dado cuenta. —¿De qué? Clara abre la puerta. La luz del pasillo entra un instante en la oficina. —De que llevas mucho tiempo aquí. Y luego añade: —Más del que crees. La puerta se cierra. Morales se queda solo. Mira el reloj. Las agujas no se han movido. Sigue marcando exactamente la misma hora que cuando Clara entró. 11:17. Morales parpadea. El reloj avanza. 11:18. Se reclina en la silla. Respira hondo. Aquí estoy. Piensa la frase otra vez. Pero por primera vez, la frase le resulta extraña. Como si no fuera una afirmación. Sino una pregunta. Aquí estoy. ¿Dónde?.

Página 1 / 1